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En 1872 se puso en práctica, para los colegios de segunda enseñanza, un programa sumamente complicado y fatigoso. Desde entonces hasta hoy, con modificaciones más o menos notables, el curso de humanidades ha sido, y es aún, el mismo, sin otro resultado que el descaecimiento del estudiante y el terror que le infunden tareas multiplicadas con motivo del estudio simultáneo de materias diversas y numerosas.
Afrontando tantas lecciones diarias, llega a cansarse pronto y cobra un invencible hastío hacia los estudios. Los que hemos ejercido el magisterio durante algunos años podemos asegurar que, bajo el brillo aparente de un pomposo programa, la multitud de enseñanzas y el aumento de libros no hacen sino desalentar a los adolescentes, retraerlos del estudio y alejarlos de los colegios o, cuando menos, volverlos desaplicados y perezosos.