Descripción:
Aseguran personas graves y autorizadas, por una experiencia no comprobada por nadie, que las grandes calamidades producidas por las fuerzas ciegas de la naturaleza, tales como inundaciones, terremotos, epidemias u otras catástrofes que de tiempo en tiempo se abaten súbitamente sobre pueblos y ciudades, son anunciadas a sus habitantes por premoniciones psíquicas, por visiones ultraterrenas, por signos y presagios que sobrecogen el ánimo, por tristezas innominadas y generales, por cambios físicos que alteran sin razón el orden normal de las leyes naturales.
Y citan casos patentes, y alegan pruebas irrefutables de sus afirmaciones: casos y pruebas aducidos, por lo demás, no antes, sino después de ocurrida la catástrofe.
Por nuestra parte, podemos asegurar sin la menor vacilación, con documento en mano, que cuando en el año 1842 se presentó en Guayaquil la terrible epidemia de fiebre amarilla que sumió en la desolación y el llanto a nuestra ciudad, ningún guayaquileño había tenido premoniciones psíquicas, ni presentimientos secretos, ni cosa parecida; tampoco se le manifestó, ni en sueños ni en vigilia, el cuadro horriblemente trágico de los millares de apestados pereciendo en las casas y en los hospitales, entre los hipos convulsivos y las mortales ansias del vómito prieto.